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reportaje: "mi vida con alzheimer"
Ángel y Fernando padecen alzheimer. Una enfermedad
degenerativa que acaba con la mente y después con el cuerpo. En España sufren
esta demencia incurable unas 600.000 personas. El diagnóstico precoz es la forma
de ralentizar el proceso. Y las ganas de vivir. Como las de Ángel y Fernando.
Ángel y Fernando padecen alzheimer. Les fue diagnosticado hace cinco años.
Tienen alojada en su cerebro una bomba de relojería que late lentamente. Nadie
sabe cuándo explotará. Pero ya les ha destrozado la existencia. A ellos y a sus
familias. Primero fue una leve pérdida de memoria. Nada importante. Despistes.
Citas olvidadas. Pequeñas meteduras de pata. Luego llegó la confusión,
depresión, apatía. Se encuentran en una fase leve-moderada de la enfermedad. A
mitad de camino. Su vida cotidiana ha dejado de ser normal. No pueden estar
solos. No conducen. No trabajan. Los euros les desconciertan. Han perdido peso.
Les cuesta concluir las frases. Su vocabulario se va limitando. Las muletillas
son su arma: “Y tal y tal y esas cositas”, machaca Ángel. Su presente es su
pasado: los viejos recuerdos serán los últimos en abandonarles. Los nuevos les
duran un suspiro.
Aun así, son unos privilegiados; Ángel y Fernando se mantienen estables gracias
a los medicamentos y a la estimulación de su memoria. “No detenemos el tren de
la enfermedad, pero hemos logrado disminuir su velocidad”, explica Javier, un
joven geriatra del hospital Clínico de Madrid formado en Pittsburg (EE UU).
Algunas fuentes consultadas aseguran que un diagnóstico precoz y una terapia
integral pueden retrasar la evolución de la enfermedad hasta cinco años. En el
caso de Ángel y Fernando, esta afirmación no falla: aún es posible mantener con
ellos un diálogo razonable. Saben la verdad. Inmersos en la niebla
indescriptible del alzheimer, son conscientes de que su enfermedad no tiene
cura. Que primero se desplomará su mente y después su cuerpo. Nadie conoce el
origen de esta demencia, pero Ángel tiene claro su fin: “Que se te olvida todo,
no te acuerdas de nada y de nada y de nada y te haces esas cositas encima y te
quedas en la cama… Pero prefiero no pensarlo, me pongo triste”.
La descripción de Ángel es ajustada. Demasiado. Cuando el periodista
visita a enfermos de alzheimer que ya han alcanzado la fase terminal del proceso
y visualiza el futuro que espera ha Ángel y a Fernando, y los imagina yacentes,
inmóviles, encogidos, doloridos, consumidos, ausentes, alimentados a través de
una sonda, piensa que tal vez hubiera sido mejor no haberles cogido cariño. No
haber compartido paseos con Ángel y Arena, su perra-guía fox terrier, por la
soledad del parque Olof Palme, de Madrid. Ni charlas con Fernando frente a una
cervecita bajo un tibio sol de primavera. Que quizá hubiera sido mejor no ser
partícipe de sus recuerdos, de sus ganas de vivir.
Pero sí que ha valido la pena. Totalmente. Escuchar sus vivencias desde aquel
día que un médico les sentenció: “Probable demencia tipo alzheimer”. Entrar en
su casa. Conocer la crisis matrimonial que le provocó a Fernando su enfermedad.
Y su valiente decisión de cortar por lo sano. Y empezar de nuevo. Acompañar a
Ángel a la terapia de estimulación cognitiva. Contemplarle inquieto como un
párvulo ante una tarea infantil. “Es lo que peor llevo, es que nunca fui al
colegio”. Y ver a esa misma hora a su mujer, Marisol, de 68 años, su salvavidas,
confesando miedos y penas en un grupo de autoayuda: “Es mi segunda familia,
salgo nueva”. Ha valido la pena conocer a Marisol, navegando desde el primer día
de la enfermedad de Ángel entre la fortaleza y la depresión. Siempre dispuesta a
un esforzarse un poco más. Siempre al borde de las lágrimas: “Cuando Ángel se
jubiló, me planteaba una vejez tranquila, cómoda, con nuestro dinerito. Hacer lo
que no pudimos de jóvenes, los viajes, esas cosas. Y se nos ha roto todo. No
puedo contar con él. No quiere ir a ningún lado. No quiere ver a nadie. Ya no
soy la mujer de ese hombre, soy la cuidadora de ese enfermo”. Y a sus hijas,
Virginia y Teresa, batallando para que Ángel no pierda la memoria que aún
conserva. Y a Silvia, la hija de Fernando, una inyección de fuerza, vitalidad y
optimismo para su padre. Resuelta a viajar a donde haga falta para encontrar un
remedio: “Dicen que se está experimentando una vacuna en California; cuando
terminen los ensayos, allá nos vamos”. Sonrisa permanente. Haciendo de tripas
corazón: “En mi casa sabemos lo que es el alzheimer. Mi abuela lo padeció y en
muy poco tiempo no podía ni hablar. Mi padre, con la medicación, está
estabilizado. Sé que hay pocas posibilidades, pero mientras pueda voy a
disfrutar con él al máximo todo el tiempo que nos quede”.
Ésta es una historia de gente corriente. De gente que sufre. La de 600.000
personas con alzheimer en nuestro país. Y la de cientos de miles de héroes
desconocidos que luchan para que esos afectados vivan y mueran con dignidad. Sus
familias. Sobre ellas recae en España el cuidado de más de un 70% de estos
enfermos a lo largo de una media de 12 años de proceso degenerativo. Día y
noche. Sin vacaciones. Sin sueldo. Sin bajas por enfermedad. Rafael, un
octogenario que lleva muchos años atendiendo a su mujer, confiesa desencajado:
“Lo cuentas y la gente no te entiende. Las noches sin dormir. Los excrementos.
Los gritos. Esto es una trampa de la que no puedes escapar. A veces me dan ganas
de echarlo todo por la borda. He soñado con quitarla de en medio y que todo
acabe. Coger la almohada… y que descanse en paz. Que descansemos los dos”. Su
amigo Valentín, cuya mujer falleció de esta enfermedad hace un par de años, le
abraza. “No digas eso, Rafa”. Valentín es hoy un voluntario. Ayuda a otros
afectados en el centro de salud Las Calesas, en el barrio madrileño de Usera,
donde se reúne un grupo de autoayuda. “No te recuperas ni cuando el enfermo
muere, porque después de tanto esfuerzo, te encuentras con un vacío enorme.
Incluso dudas de si has hecho lo suficiente. No vuelves a rehacer tu vida”.
Ésta es también la historia de médicos como Pedro, responsable de la unidad de
Memoria del hospital Clínico de Madrid: 2.000 enfermos de alzheimer al año, 500
pacientes nuevos cada temporada, mucho más que un gélido funcionario; mucho más
que un doctor de los de “vuelva usted dentro de seis meses”: basta con
acompañarle en sus visitas a domicilio a enfermos en situación terminal. Donde
el cariño es el mejor remedio. “Los enfermos nunca pierden su memoria afectiva
ni gustativa. Disfrutan con una caricia, con una palabra, con una cucharada de
helado”.
Y también es la historia de los psicólogos David y Manuel, de la Asociación de
Familiares de Enfermos de Alzheimer (AFAL), que rebañan con una entrega inmensa
las últimas capacidades de los afectados. Y la de la enfermera Isabel y la
trabajadora social Lourdes en Getafe y la doctora Beatriz en Pinto (Madrid),
que, sin apenas apoyo oficial, sacan adelante un proyecto para cuidar física y
mentalmente a los cuidadores, “para que se sientan acompañados en un proceso tan
largo. Y que no tiren la toalla, porque de su fuerza depende la calidad de vida
del enfermo. Y si no se la dan ellos, ¿quién se la va a dar?”, se pregunta
Isabel.
– ¿Es diferente cuidar a un enfermo de alzheimer que a otro enfermo terminal?
– El alzheimer siempre evoluciona a peor. Un enfermo terminal oncológico es algo
muy duro, pero son seis meses; los afectados de demencias tipo alzheimer viven
años. Y cada vez más, porque cada vez les cuidamos mejor. Años de pérdida
progresiva de funciones, que acaban con el aguante de cualquiera.
Marisol, la mujer de Ángel, describe esta enfermedad como “un morir poco a
poco”. Más allá, en términos científicos, la demencia tipo alzheimer es descrita
como una enfermedad de origen desconocido, progresiva, degenerativa de las
células cerebrales, que provoca un deterioro de la memoria, el pensamiento, la
conducta, el lenguaje y la orientación. Antes o después, el enfermo es incapaz
de realizar las tareas más elementales y llega a una dependencia total de su
cuidador. Los enfermos, más de un 90% ancianos, viven entre dos y veinte años,
sufren un grave deterioro de su sistema inmunitario y mueren a causa de
enfermedades asociadas, como la neumonía o la infección de orina. El alzheimer
no tiene cura. La Organización Mundial de la Salud (OMS) sostiene que lo padecen
18 millones de personas, la mitad en países desarrollados. Cada año mueren
100.000. El número de afectados en 2025, según la misma fuente, alcanzará los 34
millones. Un 70% vivirá en el Primer Mundo.
Es el precio que tienen que pagar las sociedades avanzadas por vivir más.
En cabeza, España, uno de los países más envejecidos del planeta. El año 2050
tendrá 50 millones de habitantes, de los que un 35% superarán los 65 años.
Teniendo en cuenta que un 6% de los mayores de 65 años padece alzheimer, hagan
cuentas: más de un millón de personas a las que habrá que prestar cuidados 24
horas al día. 365 días al año. Un fenómeno que trasciende el ámbito sanitario y
se está convirtiendo en un inmenso problema social al que habrá que dar
respuesta. Para empezar, con una Ley de la Dependencia, anunciada durante la
anterior legislatura y nunca consumada, y que el Gobierno de Rodríguez Zapatero
se ha comprometido a sacar adelante.
Ángel y Fernando tenían 65 años cuando surgieron los primeros síntomas. No se
dieron cuenta. O no quisieron darse cuenta. Así lo relata Fernando: “De pronto,
empezaba frases y no sabía terminarlas. Se me olvidaban los nombres. Intuía que
tenía algo cerebral, mi padre había muerto de un tumor y mi madre tuvo alzheimer,
pero no dije nada a mi familia. Prefería no pensar en ello. Pensaba que era
estrés. Hasta que mi madre murió y tuve una depresión y unas fiebres y se
destapó todo”. “Es muy común que los enfermos con demencias tipo alzheimer no
tengan conciencia de estarlo”, explica el doctor Pedro Gil. “Ellos y sus
familias lo achacan a la edad. Antes se hablaba de demencia senil, de los
cambios que ocurrían en el viejo por el hecho de ser viejo. ‘Papá está gagá’.
Pero hoy está claro que un viejo no tiene por qué chochear. Si hay trastornos de
memoria, orientación, lenguaje, es que algo ocurre. El problema es que si el
involucrado no tiene conciencia de enfermedad, retrasa el momento de acudir al
médico (normalmente, la familia es la que le trae) y perdemos la oportunidad de
hacer un diagnóstico precoz”.
El grueso historial clínico de Ángel, de 72 años, reposa en el suelo del
despacho de su médico, el doctor Félix, jefe de Neurología del hospital Doce de
Octubre, de Madrid. En este baqueteado sobre plastificado está encerrada la
crónica de su enfermedad. Hay pruebas médicas, análisis, cuestionarios, su
cerebro al desnudo. Y el Minimental State Examination, un test psicológico que
recoge algunas de las pistas que condujeron al diagnóstico de su enfermedad:
frases inconexas escritas con letra infantil, un reloj a medio dibujar, formas
geométricas que fue incapaz de componer, series de nombres incompletas. Y una
sentencia palmaria: “Mi mujer no me ha dado la paga del mes de Septiembre”.
Le quedaban unos pocos meses para jubilarse tras 33 años como conserje,
“en los que no falté ni un solo día, ni los domingos, que iba a encender la
caldera”. En esa época comenzaron sus problemas de memoria: “Cobraba los recibos
de la casa y no me salían las cuentas y se las daba a mi mujer para que las
repitiera. Y se me olvidaban algunos nombres y los refranes y esas cositas”. Un
año más tarde, el 22 de febrero de 2000, el doctor Félix comunicaba a Virginia,
la hija menor de Ángel, su diagnóstico: “Demencia tipo alzheimer”. Virginia
recuerda con terror la escena: “Se me cayó el mundo encima. Yo trabajo en un
hospital, sé lo que es el alzheimer, y me imaginé a mi padre en la cama, sin
poder hablar ni moverse. Me puse en lo peor. Fue un palo. Hablé con mi madre y
mis hermanos y decidimos no contárselo. Nos daba miedo que tuviera un bajón y se
pusiera peor. Se lo ocultamos un año y medio”. Ángel relata esos días: “Yo les
escuchaba cuchichear y sabía que pasaba algo. Se me olvidaban las cosas y perdí
cinco kilos. Estaba deprimido. Y una tarde dieron un programa sobre el alzheimer.
Estaba yo viéndolo. Y me fui a la cocina donde estaban todos y se lo dije:
‘¡Mari, eso es lo que yo tengo!”.
– ¿Le hace sufrir el alzheimer?
– No, yo estoy bien. No me duele nada. Además, el psicólogo, David, que es un
fenómeno, nos dice que nos olvidemos del alzheimer, que no pensemos en ello, que
disfrutemos de la vida.
Cada día, tres personas reciben ese mismo diagnóstico en la unidad de Memoria
del hospital Clínico de Madrid. La unidad, creada a comienzos de los noventa, es
un equipo multidisciplinar (con un magro presupuesto que se redondea a base de
becas privadas) en el que participan geriatras, neuropsicólogos, enfermeros y
trabajadores sociales, y que cuenta con el apoyo de neurólogos, psiquiatras,
farmacéuticos e investigadores. Se trabaja sin pausa. A base de vocación. Ocho
pacientes diarios; consultas de 45 minutos. Un contestador telefónico y un
buzón, siempre rebosantes de mensajes con las dudas de las familias: “Es
fundamental que se sientan apoyadas, y eso es parte de nuestro cometido”, afirma
el doctor Martín. Su trabajo no parece fácil: ninguno de sus pacientes de
alzheimer logrará curarse. “Aquí echas callo”, bromea.
Para su director, Pedro Gil, “nuestro objetivo no es sólo diagnosticar la
enfermedad, sino que el tratamiento comience lo antes posible. Con la terapia
farmacológica no conseguimos que el paciente mejore, pero sí que su
empeoramiento se ralentice. En cuanto a sus trastornos de conducta, estamos
usando medicamentos para la depresión, apatía, insomnio, dolores, agresividad,
alucinaciones, todas esas alteraciones que hacen sufrir al enfermo y a su
cuidador. En paralelo está la estimulación cognitiva: un entrenamiento para que
desarrollen la memoria y otras funciones primarias. La clave es conseguir que
los enfermos pierdan lo más tarde posible su capacidad de ser independientes”.
Las personas que llegan a la unidad de Memoria del Clínico con una probable
enfermedad de alzheimer se enfrentan en primer lugar a las pruebas de las
neuropsicólogas Llanos Morón y Raquel Yubero. Mientras, el geriatra, Javier
Martín, chequea a la familia. La información facilitada por ésta sobre las
alteraciones cognitivas y conductuales del paciente, junto a la exploración
física y mental y el diagnóstico por imagen, es básica para construir un
diagnóstico clínico. Éste no podrá ser confirmado hasta la muerte del paciente y
la posterior autopsia. Si realmente se trataba de alzheimer, aparecerán en su
cerebro estructuras anormales, placas y ovillos, que limitan el funcionamiento
de los neurotransmisores. Es lo que alguien ha denominado “un asesino cerebral”.
El denso y agotador examen de las dos jóvenes neuropsicólogas tiene
también momentos cómicos. Las respuestas de los enfermos de alzheimer son
imprevisibles. A veces rozan el absurdo. Es el caso de Regino, un octogenario
que ante cualquier duda responde invariablemente: “Será el presidente”. Su hija
tiene que abandonar la consulta víctima de una risa nerviosa. Un escaso minuto
de relax. Porque lo que abundan en la unidad de Memoria son las escenas tristes.
De desconcierto, impotencia, dolor. Personas adultas buscando una respuesta en
el laberinto de su mente; un ingeniero incapaz de repetir las palabras
“bicicleta”, “cuchara”, “manzana”; de decir en qué día vive. O esta mujer,
médica rural, seguramente de las primeras que ejercieron en España, que no logra
recordar el nombre de sus hijos. Se tapa la cara y lanza un quejido: “Lloro
porque no sé hacer nada. Ya no valgo para nada”. Llanos Morón, la
neuropsicóloga, la besa, intenta consolarla. En vano. Su hija confirma el
calvario de la enferma: “Cuántas broncas le habré echado a mi madre; no me
entraba en la cabeza que ella, una médica que había sacado adelante tres casas,
se comportara como una niña de siete años. Qué injustos somos con los enfermos
de alzheimer”.
¿Sufren? ¿Entienden lo que les pasa? No hay respuesta. Hay teorías. Pero es
imposible comprender lo que siente un enfermo de alzheimer. Su sufrimiento
íntimo. Esa perspectiva de olvidar quién eres. Muchos no aguantan mirarse al
espejo. No se reconocen. A medida que la enfermedad avanza, olvidan quiénes son
y qué les pasa. Ahí empieza lo peor para el cuidador. La segunda etapa en una
carrera de fondo. Cuando este periodista le preguntó a un geriatra si los
enfermos tienen la tentación de suicidarse, su respuesta pudo sonar a ironía.
Iba en serio: “En el caso de que se planteasen quitarse la vida, se les
olvidaría antes de llevarlo a cabo”.
Es imposible saber qué sintió Fernando, un urólogo de 69 años, pionero del
trasplante de riñón en nuestro país, un triunfador, un hombre hecho a sí mismo,
el día que le dijeron que no podría volver a ejercer su profesión, “que ha sido
mi felicidad y mi único hobby”. Ni conducir. Ni pasear solo. Ni volver a dar la
vuelta al mundo. Él tampoco sabe transmitir exactamente sus sentimientos. Su
dolor más hondo. Siempre parece guardarse algo dentro.
Aunque ha perdido peso y su mirada a menudo se pierde en el vacío; aunque a
veces no consigue terminar una frase o repite una y otra vez la misma idea,
Fernando conserva su empaque, su coquetería, su dignidad. No se queja. No se
derrumba. Mientras pasea con el periodista por las afueras de Madrid, su mensaje
es de optimismo. De coraje. No rechaza ninguna pregunta:
– Usted es médico, sabe lo que es el alzheimer, sabe qué le espera. ¿Tiene
miedo?
– Ninguno, ninguno, seguro, nada. Soy consciente de lo que me pasa. Soy médico,
he tratado a mucha gente con cáncer, y siempre he sido partidario de que te
digan la verdad. Es tu vida. Soy realista y consecuente, y sé que no hay
alternativa. Cuando vi la radiografía, le dije al neurólogo: “Explícame lo que
es. Dime qué tengo que hacer. Por dónde empezamos”. Si hay que operar, se opera;
si hay que viajar, se viaja. Llevo tres años de medicación y estoy estabilizado.
Cada 15 días voy a estimulación cognitiva. Ya ve que puedo mantener una
conversación. Se me olvidan las cosas, cada vez leo peor, pero confío en la
medicina. No es lógico morirse de esto.
– ¿Cómo se tomó el diagnóstico?
– Me costó superarlo. Tuve un bajón. Pero voy a luchar, si son dos días, bien;
si son 40, maravilloso. Como médico, sé que de momento esto no tiene solución,
pero se puede mejorar. Puede llegar a ser como la diabetes. Soy realista, soy
consecuente, no voy a llorar. No me voy a meter en un pozo. Quiero disfrutar
cada día, estar con mis amigos, con mis hijos, hacer deporte. Luchar.
Describen con amargura algunos cuidadores que el alzheimer destruye
familias. Que muchas no aguantan la tensión de una enfermedad tan larga y
costosa. Ésa no es la impresión que ha obtenido este periodista tras visitar un
buen número de hogares donde viven enfermos de alzheimer en estadio terminal a
cargo de sus familias. Ancianos desahuciados, ausentes, inmóviles, con la piel
del grosor de una cuartilla e incapaces de tragar nada sólido, pero limpios,
bien alimentados, tratados con cariño. Dignos. Es el mejor reflejo de un país
donde la institución familiar es aún el gran colchón social. Para la mayoría de
familias no hay alternativa. Las residencias públicas son escasas. Las privadas,
caras. El resultado es que nuestro país es el miembro de la UE donde menos
ancianos viven solos, en torno a un 15%, frente al 50% de Holanda, Dinamarca,
Alemania o Reino Unido. El problema es saber si esa situación, si esa red de
seguridad, se mantendrá eternamente.
Teresa, la hija mayor de Ángel, niega rotundamente que el alzheimer rompa
familias: “La nuestra está más unida que nunca, y mi padre es más humano y
cariñoso de lo que nunca fue. Antes era más autoritario, más frío en sus
expresiones de afecto. Ahora tiene un sentido del humor que no nos explicamos de
dónde lo saca. Y se han cambiado los papeles, ahora mi madre controla los bancos
y todas esas cosas. Y él es como un niño al que hay que ayudar a vestirse y
cortarle la comida”. En el cambio de personalidad de Ángel tiene todo que ver
Arena, una perra-guía adiestrada para acompañarle y ayudarle a volver a casa.
Juntos salen todos los días mañana y tarde. Con paso lento. La perra a su
izquierda. “Vamos, Arena, bonita”. Siempre el mismo recorrido. Las calles de
Juan Español, Enrique Fuentes, Rafael Ybarra. El parque de Olof Palme. Allí,
Ángel se encuentra con un grupo de amigos. Jubilados. Socialistas. Les escucha.
Él habla poco. De su adolescencia. De la guerra. De cuando era repartidor de la
bombonería La Violeta. Luego vuelve a casa por el mismo camino. El cariño de
Ángel hacia Arena es absoluto. Es su compañera del alma. Lo será hasta el fin.
Miles de personas mueren cada año de alzheimer en el mundo. Millones más sufren
las consecuencias sociales que se derivan de esta enfermedad. Una incapacidad
progresiva que cada vez demanda más recursos. Algunas fuentes cifran en 32.000
euros al año los costes directos e indirectos que provoca una persona con esta
dolencia. En España, el 90% de ese gasto corresponde a las familias. Para muchas
es una situación insostenible. Y sin visos de solucionarse. El doctor Félix, uno
de los grandes nombres de la neurología en nuestro país, opina que no se
encontrará un remedio para esta demencia antes de 10 o 15 años. Los laboratorios
farmacéuticos trabajan a toda máquina en la búsqueda de un remedio que les
supondría el negocio del siglo. Los primeros experimentos con vacunas en seres
humanos han sido decepcionantes. Y ya se aguarda con impaciencia una segunda
generación. Mientras, la cuestión es el diagnóstico precoz y la intervención
inmediata para retrasar el curso de la enfermedad. Y esperar el remedio.
Ángel y Fernando no se conocen. Uno fue conserje, y otro, médico. Uno mata sus
mañanas paseando con su perra en un parque público. El otro, haciendo unos hoyos
al golf. Su origen es distinto. Su futuro, el mismo. Son enfermos de alzheimer.
Saben el final que les espera. Pero luchan cada día por ser felices.
Fuente: El País Semanal
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